domingo, 29 de enero de 2012

Bellos Comienzos

DE PARTE DE LA PRINCESA MUERTA
(Kenizé Mourad)

   "-¡El tío Hamid ha muerto! ¡El tío Hamid ha muerto!
   En el vestíbulo de mármol blanco del palacio de Otakoy, iluminado por candelabros de cristal, una niña corre; quiere ser la primera en anunciar la buena nueva a su mamá.
   En su prisa ha estado a punto de derribar a dos damas de edad, cuyos tocados -diademas de piedras preciosas adornadas con penachos de plumas- atestiguan fortuna y rango.
  -¡Qué insolente! -exclama indignada una de ellas, mientras su compañera añade furiosa:
   -¿Cómo podría ser de otra manera? La sultana la mima demasiado; es su única hija. Por cierto, es preciosa, pero temo que más tarde tenga problemas con su marido... Debería aprender a comportarse; a los siete años ya no es una niña, sobre todo cuando se es princesa.
   Lejos de inquietarse por las quejas de un hipotético marido, la niña sigue corriendo. Finalmente llega sin aliento a la puerta maciza de los apartamentos de las mujeres, el haremlik, custodiado por dos eunucos sudaneses tocados con fez escarlata. Hoy hay pocas visitas y se han sentado para conversar con más comodidad. Al ver a la "pequeña sultana", se levantan precipitadamente, entreabriendo la puertecilla de bronce y saludándola con tanto más respeto cuanto temen que ella informe del atrevimiento. Pero la niña,  tiene otras cosas en la cabeza; sin siquiera mirarlos, franquea el umbral y se detiene un momento delante del espejo veneciano para comprobar el orden de sus bucles pelirrojos y de vestido de seda azul; luego, sintiéndose satisfecha, empuja la puerta de brocato y entra en el saloncito en el que su madre acostumbra a pasar las tardes, después del baño.
   En contraste con la humedad de los corredores, en la habitación reina una agradable temperatura, mantenida por un brasero de plata que dos esclavas se ocupan de mantener ardiendo. Tendida en un diván, la sultana mira cómo la gran kavedji vierte ceremoniosamente el líquido en una taza colocada sobre una copela incrustada de esmeralda.
   Presa de una oleada de orgullo, la niña se ha inmovilizado y contempla a su madre con su largo caftán. Fuera, en el exterior, la sultana usa la moda europea introducida en Estambul a partir de fines del siglo XIX, pero en sus habitaciones quiere vivir "a la turca"; aquí, nada de corsés, de mangas jamón o faldas ajustadas; ella usa con gusto los trajes tradicionales en los que puede respirar sin trabas y tenderse confortablemente en los mullidos sofás que amueblan los grandes salones del palacio."...

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