martes, 10 de enero de 2012

Bellos Comienzos

¿EL?
(Guy de Maupassant) 

"Querido amigo: ¿Verdad que no entiendes nada? Ya me lo imagino. ¿Crees que me he vuelto loco? Quizá en parte lo estoy, pero no por los motivos que tú supones. 
Sí. Me caso, ya ves. 
Y, sin embargo, mis ideas y mis convicciones no han cambiado. Considero que el emparejamiento legal es una estupidez. Estoy seguro de que, de cada diez maridos, ocho son cornudos. Y es lo menos que se merecen por haber cometido la imbecilidad de encadenar su vida, de renunciar al amor libre, la única cosa alegre y buena que hay en el mundo, de cortar las alas a la fantasía que nos empuja sin cesar hacia todas las mujeres, etc, etc. Me siento más incapaz que nunca de amar a una mujer, porque siempre amaré demasiado a todas las demás. Querría tener mil labios y mil... temperamentos para estrechar al mismo tiempo a un ejército de esos seres encantadores e insignificantes. 
Y, sin embargo, me caso. 
Debo añadir que apenas conozco a la que va a ser mi mujer. Sólo la he visto cuatro o cinco veces. Sé que no me disgusta; esto es suficiente para lo que ne4cesito. Es baja, rubia y gordita. Pasado mañana, desearé ardientemente una mujer alta, morena y delgada. 
No es rica. Pertenece a una familia de clase media. Es una de tantas, de las que se pueden encontrar a montones entre la burguesía corriente, de las que sirven para casarse, sin cualidades ni defectos aparentes. La gente dice: "Mlle. La jolle es encantadora" Mañana dirá: "Mme. Raymon es encantadora" En fin, pertenece a esa generación de jóvenes honradas "a las que uno está encantado de convertir en su mujer", hasta el día que se descubre que uno prefiere, precisamente, todas las demás mujeres antes que la que ha escogido. 
Entonces me dirás, ¿para que me caso? 
Apenas me atrevo a confesarte el motivo extraño e increíble que me empuja a esta acción insensata. 
¡Me caso para no estar solo! 
No sé cómo decírtelo, cómo explicarme. Te compadecerás de mí, y me despreciarás, hasta tal extremo es deplorable el estado de mi espíritu. 
No quiero seguir estando solo por las noches. Quiero sentir a alguien a mi lado, junto a mí, a alguien que pueda hablar, decir algo, lo que sea. 
Quiero poder interrumpir su sueño; hacerle, de pronto, una pregunta cualquiera, una pregunta estúpida, para oir una voz, para sentir que mi casa está habitada, para sentir un alma despierta, una inteligencia que razona, para ver, al encender súbitamente mi vela, un rostro humano a mi lado... porque... porque... (no me atrevo a confesarte algo tan vergonzoso), porque, cuando estoy solo, tengo miedo. 
¡Oh! Todavía no puedes entenderma. 
No tengo miedo de ningún peligro. Si un hombre entrara, lo mataría sin estremecerme por ello. No tengo miedo de los fantasmas; no creo en lo sobrenatural. No tengo miedo a los muertos; creo en la aniquilación definitiva de todos los seres que deaparecen. 
¿Entonces?... Sí ¿Entonces? ¡Pues bien, tengo miedo de mí mismo! Tengo miedo del miedo. Miedo de los espasmos de mi espíritu que se trastorna, miedo de esa horrible sensación del terror incomprensible. 
Ríete si quieres. Es algo espantoso, incurable. Tengo miedo de las paredes, de los muebles, de los objetos familiares que cobran, para mí, una especie de vida animal. Tengo miedo, sobre todo, de la horrorosa confusión de mi pensamiento, de mi razón que huye turbada, acosada por una angustia misteriosa e inevitable"....

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