jueves, 19 de enero de 2012

Bellos Comienzos

OLIVER TWIST
(Dickens)

   "Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos
transeúntes hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy
enferma y pronto daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la llevaron al
hospicio, una institución regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba
cobijo a los necesitados. Al día siguiente nació su hijo y, poco después, murió ella
sin que nadie supiera quién era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida.
Transcurrido este tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de
la ciudad donde vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban
sometidos a la crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a
apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su
manutención. De modo, que aquellas indefensas criaturas pasaban mucha
hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba encerrado en la
carbonera con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados por haber
cometido el imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor Blumble,
celador de la parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó a
la señora Mann. El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación,
tiempo que la señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a los niños,
ocultando así las malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
-¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble? - exclamó horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
-Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos inmediatamente.
   -Vengo a llevarme a Oliver Twist - dijo el celador - Hoy cumple nueve años y
ya es mayor para permanecer aquí.
-Ahora mismo lo traigo - dijo la señora Mann saliendo de la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado; nadie hubiera dicho que
era el mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al poco rato,
el celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a pesar de que allí nunca había recibido
un gesto cariñoso ni una palabra bondadosa, una fuerte congoja se apoderó de él."...

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