LA ULTIMA SEMANA
(Alfredo Castro)
"Ayer me leyeron la sentencia: pena de muerte.
No puedo explicar lo que sentí, algo extraño, una sensación nueva; era absurdo, pero es. Nada de lo que ocurre en la vida tiene explicación alguna.
Aquello sucedería por algo, pero no intenté comprenderlo. Ni lo quise.
A los pocos minutos de escuchar la sentencia abandoné la sala. Sentí vergüenza y miedo. Las miradas de los gendarmes y del público que atestaba aquel espacio cerrado, se fijaron en mí. Yo no me atreví a volver la espalda en aquel momento.
Seguí con los ojos fijos en el suelo, y andaba, andaba hacia la puerta. Mis manos caían de los hombros, sin saber qué haría con ellas, y la cabeza me daba vueltas; creí que mi cuerpo entero giraba alrededor de un eje imaginario.
Anduve unos pasos más hacia la puerta y sentí curiosidad; volví la mirada esta vez, y, en aquel instante, intenté adivinar los pensamientos de aquella gente, que tal vez se compadecía de mí. Alguno pensaría que es absurdo morir a los 30 años; yo también lo pensé, pero algo más tarde lograba rechazar la idea.
La realidad estaba ahí, palpable, desnuda, y era necesario aceptarla.
Di un nuevo paso al frente, los gendarmes me sujetaron sin hacer fuerza. No tuve la sensación de estar oprimido. Un silencio frío y escurridizo quedaba a mis espaldas.
Ya no vi más al juez.
Ahora recordaba, con una rapidez vertiginosa, cuando el juez de instrucción me preguntó si elegiría abogado. Aquello me parecía que no tendría importancia.
Decidí que designaran uno de oficio.
La ley estaba bien hecha: llegaba hasta los últimos detalles. Por eso yo estaba hoy aquí y tenía que abandonar una sala en la que se había leído una sentencia de muerte.
El condenado era yo mismo: Frank Coccioli.
Aquella mañana era como las demás, gris y opaca. Al sol no se le veía y las nubes que lo ocultaban parecían inquietas y mudas. Levanté la vista hacia el cielo y éste no me dijo nada. Nunca me había dicho nada el cielo; hoy tampoco me debía decir nada nuevo, y así fue.
A veces, cuando era pequeño, jugaba a contar las estrellas desde aquella playa en la que me gustaba pasar las horas, al amanecer y por la noche. Pero esto era un juego de niños. Todos los niños han intentado alguna vez contar las estrellas.
Sonreí, y a través de las rejas pude ver gran parte del edificio que tenía enfrente. Me pareció excesivamente tosco y pesado. Todo de ladrillo y una torre en la cumbre, a la que no alcanzaba ver bien porque era demasiado alta y las rejas excesivamente pequeñas, cuadriculadas.
Intenté situarme.
El patio de la cárcel quedaba a la otra parte. Era necesario salir de esta celda y recorrer el pasillo para, asomándome a un ventanal, ver las sucias losas de aquel patio aburrido y monótono."...
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