lunes, 12 de marzo de 2012

MATHILDE
(Anaïs nin)

   "Mathilde era sombrerera en París, y contaba apenas veinte años cuando la sedujo el Barón. Aun­que la aventura no había durado más que dos se­manas, en ese breve espacio de tiempo quedó imbuida, por contagio, de la filosofía de la vida y de la manera expeditiva de resolver los problemas pro­pios del Barón. Algo que éste le dijo casualmente una noche la intrigaba: que las mujeres parisienses gozaban de la más elevada cotización en Sudamérica debido a su pericia en materia amorosa, a su vivacidad y a su talento, que las hacían contrastar acusadamente con muchas esposas de aquellos paí­ses. Estas aún cultivaban la tradición de mantener­se en un plano borroso y de obediencia, que diluía sus personalidades y que, posiblemente, se debía a la resistencia de los hombres a hacer de ellas unas amantes. 
Al igual que el Barón, Mathilde desarrolló una fórmula para actuar en la vida como en una serie de papeles; o sea, diciéndose todas las mañanas, mientras se cepillaba su rubio pelo: "Hoy quiero ser tal o cual persona", y procediendo en consecuen­cia. 
Un día decidió que deseaba ser una distinguida representante de un conocido modista parisiense e irse al Perú. Todo cuanto tenía que hacer era inter­pretar el papel. Así pues, se vistió con cuidado y se presentó con extraordinaria seguridad en casa del modista. El puesto de representante le fue con­cedido y se le entregó un pasaje de barco para Lima. 
A bordo, se comportó como una embajadora francesa de la elegancia. Su innato talento para apreciar los buenos vinos, los buenos perfumes y los buenos vestidos la señalaron como una dama refinada. Su paladar era el de un gourmet. 
Mathilde poseía sobrados encantos para realzar ese papel. Reía de continuo, le sucediera lo que le sucediera. Cuando se extraviaba una maleta, reía. Cuando la pisaban, reía. 
Fue su risa lo que atrajo al representante de la naviera española, Dalvedo, quien la invitó a sentar­se a la mesa del capitán. Dalvedo iba elegantemen­te vestido de esmoquin, se comportaba como si él mismo fuera el capitán y contaba anécdotas. La noche siguiente la sacó a bailar. Se daba perfecta cuenta de que el viaje no era lo bastante largo como para cortejar a la joven de forma usual, de modo que inmediatamente empezó a alabar el pequeño lunar de la mejilla de Mathilde. A medianoche le preguntó si le gustaban los higos chumbos. Ella nunca los había probado. Dalvedo le dijo que tenía algunos en su camarote. 
Pero Mathilde quería realzar su valor mediante la resistencia, y se mantuvo en guardia cuando pe­netraron en él. Había rechazado con facilidad las manos audaces de los hombres con las que se ro­zaba mientras vendía las insidiosas caricias de los maridos de sus clientes, y los pellizcos en los pezo­nes a cargo de los amigos que la invitaban al cine. Nada de eso le había causado ninguna sensación. Tenía una vaga pero tenaz idea de lo que la podía agitar. Deseaba ser cortejada con un lenguaje mis­terioso. Era su condición desde su primera aven­tura, ocurrida cuando sólo tenía dieciséis años"...

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