LA LUNA Y LAS FOGATAS
(Cesare Pavese)
"Hay una razón para que haya vuelto a este pueblo, aquí y no en cambio a Canelli, a Barbaresco o a Alba. Aquí no he nacido, es casi seguro; donde he nacido, no lo sé; no hay por estas partes una casa ni un trozo de tierra ni huesos de los que yo pueda decir: "Eso es lo que yo era antes de nacer." No sé si vengo de la colina o del valle, de los bosques o de una casa con balcones. La muchacha que me dejó en los escalones de la catedral de Alba, a lo mejor ni siquiera venía del campo, a lo mejor era hija de los dueños de una casona, o bien me llevaron allí en un cuévano de vendimia dos pobres mujeres de Monticello, de Neive o, ¿por qué no?, de Cravenzana. ¿Quién puede decir de que carne estoy hecho? He rodado bastante por el mundo para saber que todas las partes son buenas y se equivalen, pero cabalmente por eso uno se cansa y trata de echar raíces, de hacerse tierra y pueblo, para que su carne valga y dure algo más que el común curso de una estación.
Si he crecido en este pueblo, debo agradecérselo Virgilia, a Padrino, gente toda que ya no vive, aunque ellos me recogieran y criaran sólo porque el hospicio de Alessandría les pasaba la mensualidad. En estas colinas hace cuarenta años había pobres diablos que por por ver un escudo de plata cargaban con un bastardo del hospicio, amén de los hijos que tenían ya. Había quien cogía una niña para tener luego una criadita y mandarla mejor; la Virgília me quiso a mí porque hijas ya tenía dos, y cuando hubiera crecido un poco esperaban ajustarse en una gran alquería y trabajar todos y vivir bien. Padrino tenía entonces la granja de la Gaminella -dos habitaciones y una cuadra-, una cabra y aquella ribera de los avellanos. Yo crecí con las chicas, nos robábamos la polenta, dormíamos en el mismo jergón, Angiolina, la mayor, tenía un año más que yo; y sólo a los diez años, el invierno que murió la Virgilia, supe por casualidad que no era su hermano. Desde aquel invierno, Angiolina, juiciosa, tuvo que dejar de vagar con nosotros por la ribera y por los bosques; atendía la casa, hacía el pan y el requesón, iba a retirar mi escudo en el Ayuntamiento; yo me jactaba con Giulia de valer cinco liras, le decía que ella no producía nada y le preguntaba a Padrino por qué no cogíamos otros bastardos."...
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